lunes, 14 de septiembre de 2015

La paradoja de la innovación (y por qué las empresas no invierten en nuevas ideas)

Por: Gustavo Crespi 


Existen variadas oportunidades para innovar en la América Latina. Por ejemplo, la región tiene una fuerte base de capacidades en ciencias biológicas lo cual es consistente con sus ventajas comparativas asociadas a los recursos naturales. Esto ha generado dinámicas interesantes relacionadas con la producción de vacunas, nuevas semillas genéticamente mejoradas, inoculantes, etc., cuya difusión ha llevado a que en estos sectores se esté muy cerca de la frontera tecnológica internacional. Sin embargo, esta dinámica virtuosa que ocurre en ciertos sectores específicos, está muy lejos de ser una tendencia generalizada (te puede interesar un par de ejemplos sobre el agro argentino y la industria salmonera chilena)
Si una empresa se enfrenta con una oportunidad de inversión altamente rentable, debería invertir. ¿Por qué entonces las empresas no están invirtiendo en innovación? La respuesta tiene que ver con que existen una serie de anomalías en el mercado al momento de lidiar con la innovación que no ocurren cuando uno tiene que evaluar otro tipo de inversiones, como por ejemplo la construcción de una carretera o un edificio, o la adquisición de un tractor para producir soja.
Hay una frase de George B. Shaw, que dice:
Si usted tiene una manzana y yo tengo una manzana, e intercambiamos nuestras manzanas, cada uno al final sigue teniendo una manzana. Pero si yo tengo una idea y usted una idea, e intercambiamos nuestras ideas, ambos al final tenemos dos ideas cada uno”.
Es que la innovación se basa en ideas y las ideas se comparten. Una idea, una vez producida por una empresa, queda librada a que todos los competidores de esa empresa puedan utilizarla en beneficio propio.
Esto hace que muchas veces las empresas no quieran invertir en un tipo de bien o servicio, que tienen que financiar, pero que una vez producido, todos los competidores pueden acceder. Se trata de una inversión extremadamente complicada en la que, salvo en ciertas circunstancias particulares como la protección mediante una patente por ejemplo –que son casos más bien excepcionales–, las empresas van a ser muy reticentes a entrar. Se produce entonces una anomalía, las empresas saben que la innovación es algo rentable, pero como saben que una vez que inviertan van a tener que compartir sus resultados con todos los demás, no invierten y esperan que otro lo haga.
Hay un caso interesante de la primera empresa a la que se le ocurrió producir arándanos en Argentina. Esa empresa enfrentó numerosos problemas e incertidumbres técnicas, plagas de la planta, etc., y al final tuvo que salir del mercado. Sin embargo, su accionar género información muy valiosa para otras empresas sobre cómo producir arándanos en Argentina y el sector posteriormente se desarrolló. En este caso existió un pionero que estuvo dispuesto a invertir y correr con el riesgo, generando este efecto positivo, o como lo llamamos en el ámbito económico, una externalidad positiva.
Pero ¿cuántas oportunidades se están perdiendo o no se están materializando precisamente por falta de pioneros?  La sociedad necesita de las ideas de estos pioneros, porque al producirse la sociedad en su conjunto se beneficia.

El espacio para la acción
Esa dicotomía o paradoja es lo que genera el espacio para las políticas públicas. ¿Qué políticas públicas? Existe una batería de políticas e instrumentos que básicamente pueden ayudar a compartir el riesgo con las empresas, para que estas se animen a entrar en la carrera de la innovación. Y esas políticas incluyen desde incentivos fiscales hasta subvenciones, financiamiento, y varios otros mecanismos que se podrían combinar para que las empresas estén dispuestas a ser pioneras e innovar, que es lo que la sociedad quiere.

Intervenciones de Política Pública
intervencion politica innovacion

En la reciente publicación del BID ¿Cómo repensar el desarrollo productivo?: políticas e instituciones sólidas para la transformación económica se hace una evaluación de estas opciones de políticas, repasando tanto sus bondades como sus riesgos.

El último mensaje que quisiera transmitir es que diseñar e implementar esas políticas no es fácil. Es una tarea que requiere de capacidades institucionales para coordinar y estimular al ecosistema innovador, y sobre todo para poder realmente identificar a aquellas empresas que tienen el problema, y no empresas que dicen que tienen un problema pero no es así, lo que puede generar un mal uso de los recursos públicos destinados a compartir el riesgo de innovar.
Entonces, es clave contar con agencias estatales que manejen los programas de fomento a la innovación con una lógica de sector privado (aunque sean públicas), porque son quienes van a poder entender cabalmente cómo funcionan las empresas. Es igualmente importante que estas instituciones tengan recursos humanos bien pagados y bien formados, y es esencial que evalúen el resultado de sus intervenciones.
Esto es parte fundamental de lo que se requiere para hacer políticas públicas que ayuden a superar esta paradoja, incentivando a las empresas a invertir en innovación y beneficiando a la sociedad en su conjunto.

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