martes, 13 de mayo de 2008

César Hildebrandt en el Moqueguano

Envidiarquía
La envidia es una rata que conozco desde hace mucho tiempo. Cuando yo tenía muy pocos años y estaba seguro, ingenuamente, de que el mundo sería un teatrín ­amable y la gente unos prójimos que te saludarían con un dejo de complicidad, entonces vino una rata color ceniza y me mordió el tobillo. Lo que pasó es que un profesor de literatura había hablado bien de uno de mis exámenes. A mala hora se le ocurrió tal cosa. Más tarde tuve que presidir –fue una orden dada en la atmósfera semicastrense del “Leoncio Prado”– el llamado “Club de Oratoria”, que era ­una vaina más bien huachafienta. Dos ratas me enseñaron sus dientes asomándose por la trampa del lavabo. Y cuando alguien cometió el error de nombrarme co-editor del álbum de la promo, un ejército de ratas chillantes entonó un himno a la envidia que me dejó en vela toda una noche. Alguna vez, cuando empezaba en este oficio de ratas y cascabeles, me nombraron precozmente editor de un suplemento en un diario ya difunto. Una rata apareció colgada de mi arteria carótida y otra –su socia– se había situado ­abajo, con el hocico abierto, esperando la nutritiva gotera. Más tarde, en “Caretas”, cuando a Zileri se le ocurrió poner a ese recién llegado primero en la lista de redactores y, luego, ascender a ese advenedizo a una jefatura de redacción que parecía demasiado premio para tan pocos meses, una rata condecorada en cien desagües entró a mi oficina y me llenó de insultos bigotudos. Y ya no hablo de la televisión y de los ­años que pasé –sin ningún éxito, como se ha visto– llamando a los desrratizadores, poniendo suflés de Racumín en los baños y bocados mortales disfrazados de queso Camenbert en ciertas cabinas de audio. Lo que quiero decir es que esa rata de la envidia ha llegado a ser, de tanto aproximárseme, parte de mi vida, cómica dentadura que amenaza, polizón de mi bolichera y musgo de mis jardines. Con los años descubrí que no es uno el que provoque a la rata –lo que me extrajo del complejo de culpa–. Porque aunque pongas cara de San Antonio y te hagas la tonsura de los tocados por la gracia y trates de andar por la vida silbando bajito y a la sombra de los aleros, la rata roerá sus ­días vacíos, volverá a darse cuenta de que nada le vale fotografiarse con pinta de Pivot de Los Olivos, averiguará que no te ha ido tan mal, comprobará la inutilidad de sus maldiciones, sabrá que hay quienes te quieren por las veces que dijiste “no” y que en algo estiman lo que escribes y, sobre todo, cómo lo escribes, y, entonces, estallará en un ataque de furia y grititos, espuma y saltos, filamentos húmedos y miradas matadoras, y se vomitará en algún papel, se escupirá en un blog donde dirá que es “Tigre” y “Capricornio” a la vez, se verterá en un comentario que aspira a ser wildeano y sólo llega a ser de Faverón. ¡Ah, cómo me divierten las ratas! ¡Qué aburrimiento me hubiera matado sin su terca mirada roja! Y, a veces, sin embargo, ¡cómo me entristecen! Las imagino en su Sahara personalizado, tratando de encontrar la palabra que se les perdió, la idea que jamás tuvieron ni tendrán, la locura que jamás los quiso, las mujeres o los hombres que aguaitaron y que se fueron casi siempre antes de tiempo. Las imagino (a las ratas, no a las mujeres) sudando y sin cantimplora, caminando en ­círculos y pensando que hasta los espejismos son parte de ese complot que les impide ser lo que imaginan. Si alguien de tan pocos méritos como el que escribe estas líneas ha conocido las tarascadas de las ratas, ¿se imaginan qué legiones plomizas perseguirán a quienes de verdad valen la pena? ¡Qué océano de ratas tiene que haber atascado, como un sargazo vivo, la nave de César Moro, la chalupa de Sebastián Salazar Bondy, la balsa náufraga de Sérvulo, el nado apenas de Vallejo! Porque sí, es cierto, en el Perú, muchas veces, la envidia ha tenido éxito y ha hecho menos felices de lo que debieron ser a escritores y artistas de ­enorme valor. La envidia es un mecanismo de defensa, un igualitarismo difamatorio, un modo encubierto de ser parásito. Pero también puede ser una forma de vida y una adicción. Porque si no puedes crear, intentar destruir lo que te mortifica adquiere un vago parentesco con la creación. Y si las feromonas no te alcanzan hasta fin de mes, hablar mal de alguien a quien quisieras en el fondo imitar se vuelve una metadona para la emergencia. En el fondo de toda envidia está el martirio de la impotencia y la crueldad de un narcicismo carente de pretextos. La envidia es un arte y jamás se improvisa. Los envidiosos se construyen desde muy jóvenes y aprenden a odiar con frialdad y a matar con cierto aire impersonal. Y escarban en su técnica hasta hacerla oficio de artesanos barrocos. Un envidioso siempre da la impresión de no estar interesado en las personas que agrede. “Lo que importa son las ideas”, dice coquetamente. Por supuesto que lo que lo obsesiona son, precisamente, las ideas del personaje que ama-odia y envidia-sueña. Porque detrás del chillido espantoso de la rata late, como una buba, un concepto infectado del amor. Esquilo hace decir a su Agamenón: “El hombre a quien nadie envidia no puede ser feliz”. Pues si eso fuera cierto, mi felicidad resulta no diré que excesiva pero sí considerable. Merci.
Publicado en diario La Primera 13-05-08

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